“Nada personal…
Todo público”

PLAZA DE LAS TRES CULTURAS

*Fuensanta Medina Martínez

Octubre19681

En vísperas del estallido del movimiento de 68, la imagen que el país representaba al exterior, ciertamente era inmejorable; México mostraba al mundo índices de crecimiento económico sólo comparables con Japón y Alemania, en el periodo de la posguerra. En aquel momento, se pensaba que el modelo de sustitución de importaciones adoptado por varios países latinoamericanos durante los años cuarenta, había alcanzado en México su culminación a través del “modelo de desarrollo estabilizador”.

Entonces-como hoy- la República Mexicana se mostraba al mundo entero como la imagen civilizada y libre de América Latina, que en su mayor parte estaba dominada por regímenes dictatoriales. Sin embargo, paradójicamente, la imagen de México hacía afuera no correspondía a la realidad interna de nuestro país.

Al finalizar la década de los años sesentas, pese a lo que las apologistas del México contemporáneo hubieran querido creer, el proceso de modernización capitalista había entrado en serias contradicciones.

De hecho, el modelo de desarrollo estabilizador no sólo no tuvo los resultados esperados sino que, por el contrario, derivó en el estancamiento del sector agrícola, agravó el problema del desempleo, mientras la imposibilidad de delinear una política fiscal adecuada gravó aún más el factor trabajo. Asimismo, el haber convertido la estabilidad cambiaria en un fin y no en un instrumento de política económica, impidió corregir el déficit en la balanza de pagos, y agravó aún más la dependencia externa.

A esta situación se sumaban las implicaciones sociales y políticas que había traído aparejada la modernización, tales como la miseria creciente de grandes masas de la población, la concentración acelerada de la riqueza y la agudización del autoritarismo estatal.

En este contexto, al iniciarse la década de los años setentas, se da el reconocimiento explícito de que la estrategia de desarrollo seguida en México durante los años inmediatamente anteriores, había entrado en crisis. Este fue el diagnóstico oficial y autocrítico con el que se inició el régimen de Luis Echeverría Álvarez.

En el primer mensaje que envío a la nación, el 1º de diciembre de 1970, el presidente Echeverría dijo:…”si consideramos sólo cifras globales, podríamos pensar que hemos vencido el subdesarrollo. Pero si contemplamos la realidad circundante tendremos motivos para muy hondas preocupaciones”[1].

A partir de ese momento, se puso especial interés en conocer cuáles eran aquellos elementos que ponían de manifiesto el fin del milagro mexicano.

Hasta la década de los años setentas la imagen de México, según el discurso oficial, había sido la de un país que se encaminaba hacía la superación del subdesarrollo, y que en algunos aspectos podía equipararse con los países industrializados.

Entre los elementos a los que más frecuentemente se aludía, cuando se hacía referencia a nuestro país, figuraban la estabilidad política y la tasa de crecimiento sostenida de la economía mexicana durante 30 años a un ritmo de 6.5% anual promedio.

Sin embargo, a esta visión se sumaban muchas otras consideraciones que demostraban cuáles habían sido los límites y el costo de esa expansión acelerada de la economía.

Una de las causas fundamentales de la crisis de la economía mexicana fue atribuida a la mala distribución que se había hecho de la riqueza generada en los años inmediatamente anteriores: La concentración del ingreso que obedecía a una estrategia de acumulación muy concreta se había traducido en una limitación para las posibilidades del crecimiento de la economía mexicana.

Con el paso del tiempo, esta mala distribución de la riqueza finalmente se convirtió en fuente de múltiples injusticias y conflictos sociales “no es cierto que existe un dilema inevitable entre la expansión económica y la redistribución del ingreso. Quienes pregonan que primero debemos crecer para luego repartir, se equivocan o mienten por interés”[2]

La respuesta del gobierno mexicano y concretamente del mandatario Luis Echeverría Álvarez para cambiar estas circunstancias; se centraron en dos programas fundamentales: en lo económico, lo que se denominó el desarrollo compartido, y en lo político, lo que se dio en llamar la apertura democrática.

Asimismo, se intentó suavizar los conflictos generados en el pasado, a través de prácticas redistributivas, de atención al agro mexicano, de acercamiento con los sectores más marginados de la sociedad, de replantear la relación especial con los Estados Unidos de América. Se intentó el acercamiento y la movilización de los obreros y campesinos del país que condujera a la alianza popular que sirviese de apoyo y garantía a las reformas que implicaría el nuevo modelo de desarrollo. Esta tarea fue encomendada al Partido Oficial.

Estas eran las circunstancias nacionales que prevalecían y que, devinieron en los terribles sucesos del movimiento estudiantil y de la represión del mismo, en la noche del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Han pasado cuarenta y siete años desde entonces y parafraseando a Luis Echeverría Álvarez podríamos decir como el “si observamos la realidad circundante tendremos motivos para muy ondas preocupaciones”…Usted estimado lector ¿qué opina?.

[1] Carreño Carlón, J. “Adiós Decenio Cruel”, en Revista Nexos No. 26, febrero de 1980.

[2] Discurso de toma de posesión de Luis Echeverría Álvarez en C.F. Tello, C. La Política Económica en México, 1970-1976. Ed. Siglo XXI, 1ª. ed., México, 1979. P.41.

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