“Contigo aprendí…”

Maestría en Literatura Hispanoamericana (4ta Promoción)

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Por: Roberto Rodríguez Reyes

Desde mi tierra, que carece de pasado virreinal y raigambre católica, San Luis Potosí suena a rimbombancia monástica y bonanza perdida. Nunca imaginé que además era ciudad de cierto encanto que atesora lindezas patrimoniales. Las de San Luis me fueron ofrecidas desde el primer día que llegué: primero, las enchiladas potosinas, que un mesero me hizo comer de- todas-todas bajo el viejo estándar mexicano de “lo enchiloso” (ya saben, cuando dicen que no pica, va a picar); segundo, cuando el chofer de un camión pasó, después de haberlo esperado por veinte minutos, y me dejó plantado allí, en la misma esquina donde me dejaría muchas otras veces más, sin siquiera poderle gritar “las cuatro cosas” que en mi tierra gritamos a los “guagüeros”; y tercero pues (la razón que me trajo hasta aquí) se me ofreció El Colegio de San Luis.

Dice Lezama, en el inicio del capítulo 9 de Paradiso, que Upsalón (nombre mítico que le da a la Universidad de La Habana) tenía “algo de mercado árabe, de plaza tolosana, de feria de Bagdad”. Yo que ya venía de semejantes pasajes míticos choqué de repente con una piedra color tezontle que no hay cristalería que rebaje su imponencia con forma de laberinto sinuoso y desafiante espiral. No por haber leído a Borges de arriba abajo y haber soñado muchas veces con el minotauro, el golpe del cambio es menos pasmoso y las sorpresas del futuro menos estridentes. Y todos mis compañeros lo pudimos experimentar: los que venían de Baja California Sur, los que salían de la Autónoma de San Luis, los que todavía sollozaban por la UNAM, los que llegaron de Zacatecas y del Estado de México; todos, que dejamos casa, familia, trabajo y un poco del adolescente que fuimos, llegamos de repente al Colsan y lo habitamos. Al principio fue duro, claro, pero luego lo hicimos, aprendimos esa lingua franca que hace falta, el “colsanés” (todos ustedes lo conocen), y echamos a andar como en una aventura que a mí se me antoja medio mágica, medio realista. Y díganme si no es así:

Una tarde asediados por “el mal del puerco” terminamos cantando boleros abrazados de una portentosa negrona habanera que se decía La Estrella y compartiendo el trago con Guillermo Cabrera Infante; en cierta ocasión, mientras caminábamos desde la cafetería hasta el Cono, nos sorprendimos buscando cómo ajustar la ciudad letrada de Rama a la comunidad del Colsan. Dígname si acaso no es raro que hayamos dedicado seis meses a ensayar una definición de lo indefinible aun cuando sabíamos que la clave era precisamente ensayarla; y miren qué cosa que en una clase de poesía nos aventaron los ojos por sobre los muros del laberinto para que nadie olvidara que acaso the truth is out there. Una vez, incluso, nos subimos a un ring de boxeo con Gerard Genette y Sergio Pitol en una pelea a muerte sin sospechar que en secreto ya estábamos adorándolos; y caminamos las calles fangosas y melosas de una ciudad primada de pollos, condesas y pisaverdes que desapareció entre sus revistas y sus crónicas. Y ni qué decir de aquella mañana en que nos dejamos llevar por los labios de Camelia la tejana y la voz de La Llorona en un carro que conducía nada más y nada menos que El Jergas rumbo a quién sabe qué parajes del norte cercano; y hasta llegamos a creer de nuevo, como “las gentes muy grandes”, en brujas que son estrellas, en diablos que roban almas, en serpientes que emulan a los niños y luego los matan.

Y sí, Colsan, mágica y realista y delirante ha sido esa manera tan particular de acoger a tus estudiantes, de atraer con ese misterio que irradia una biznaga que nos hace las veces de Alma Mater, con esa humilde majestad de una Juanita cualquiera, impartiendo a doctores y licenciados lecciones de grandeza. Quien se ha sentado al lado de la Juanita o ha puesto un poco de atención al pasar quizás haya podido escucharla cantar. La Juanita, como una madre cualquiera, canta boleros de Armando Manzanero, y acaso es por eso, Colsan, que contigo aprendí, aprendimos, que el cielito lindo es algo más que un himno para entonar cuando la selección nacional obra milagros en ultramar y que la región más transparente no es sólo el símbolo de una literatura nacional, sino la viva realidad de las demasiadas mañanas soñolientas en que asistíamos a clase.

Contigo aprendimos, Colsan, que el laberinto se puebla no sólo de autos y silencios por momentos inquietantes; que en realidad cobra vida diáfana en los buenos días del poli a la entrada, en la sonrisa de Dulce, escoba en mano, tratando de mantener belleza y orden en un mismo espacio, en la figura de Araceli tras ese mostrador como una giraldilla deshacedoras de entuertos y requiebros bibliográficos, en la amabilidad de la señora que se acerca con las siempre salvíficas galletas y café para todos los ayunados que, a paso de zombi, llegamos a las salas de conferencias, o en la jovialidad inconfundible de Chui que aparece, donde menos uno lo espera, con ese garrafón a la espalada como una deidad paganísima y nuestra que hace sacar agua en medio del desierto que nos rodea.

Contigo aprendimos, Colsan, que las familias en todos los lados se aman y se odian, que las elecciones políticas apenas son el juego al que se sueña por más que tengamos las ilusiones perdidas; que cuando te crees más solo que la luna queda tu gente, Colsan, esos investigadores, profesores, doctores y licenciados que pueden ser ante todo esa mano que hace la llamada que te salva, la plática que te hace sentir de nuevo en casa, la familia nueva que ganaste, que te trae un regalo el día que no es tu cumpleaños, que te comparte la carrilla en pleno congreso andando sobre el encopetado y ridículo de al lado.

Por eso es hora de decirte: muchas gracias Colsan. Gracias a México, gracias al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (el devotamente invocado “Dios Conacyt”), gracias a la comunidad del Colegio, que es la Juanita, el Dr. David Vázquez y el resto de su tropa, gracias al Programa de Estudios Literarios, gracias a los maestros, a los amigos. Tengo la impresión de que en México existe la costumbre, quizás única en el mundo, de responder “gracias” al que acaba de ofrecerlas. Hoy sin embargo, Colsan, quisiera que nos des la oportunidad de hacerlo sólo nosotros, y de pedirte quizás (parafraseando al gran José Alfredo) que te tomes una última botella con todos, que es el último trago y ya no vamos.

 

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